Nos enfrentamos a una propuesta que pretende apropiarse de lo que es de todos bajo el disfraz de inversión. Usando “inversión” como eufemismo tratan de convencernos que esta acción violenta y negativa beneficia al país. Pero el país ya ha aprendido, a fuerza de golpes, que ese tipo de “inversión” lo que desata es deterioro ambiental, exclusión social y enriquecimiento de unos pocos a costa de muchos.
Lo peor es que este no es un caso aislado. Esencia representa un patrón: el de un gobierno y un sector del liderato político que insiste en ignorar la voluntad del pueblo, que se escuda en tergiversaciones para justificar decisiones indefendibles y que utiliza su poder para beneficiar intereses privados por encima del bienestar colectivo. Esa es la verdadera esencia de la corrupción: no es solo el acto ilegal, sino la cultura que lo permite, lo protege y lo repite.
Puerto Rico enfrenta limitaciones reales en su capacidad de autogobierno, particularmente frente a las imposiciones del gobierno federal. Sin embargo, sí tenemos el poder político y la responsabilidad de enfrentar los abusos que nacen desde nuestras propias instituciones. Porque cuando un proyecto como Esencia avanza, no lo hace en el vacío. Avanza porque hay permisos cuestionables, porque hay agencias que ignoran su deber, porque hay funcionarios que priorizan intereses ajenos al país. Avanza porque se asume que el pueblo no reaccionará, que el cansancio se convertirá en apatía. Y ahí es donde radica el error más grande.
El pueblo puertorriqueño sí está cansado. Cansado de ver cómo se menosprecian nuestras playas, cómo se comprometen nuestros recursos naturales y cómo se debilitan nuestras instituciones públicas. Cansado de que se ignore el valor incalculable de nuestra Universidad, no solo como centro educativo, sino como pilar de pensamiento crítico, desarrollo social y progreso real. Y cuando la gente buena se encuentra, el cansancio se transforma en camino compartido.
Lo que está en juego no es únicamente unos terrenos o un permiso: es una visión de país. Es decidir si vamos a seguir permitiendo que el desarrollo lo definan intereses privados, con sus compinches en las administraciones de gobierno, o si vamos a exigir que responda al bien común.
Rechazar Esencia es, por lo tanto, mucho más que oponerse a un proyecto específico. Es afirmar que Puerto Rico no está a la venta. Es defender la idea de que el progreso verdadero no se mide en metros cuadrados de cemento, sino en la calidad de vida de su gente, en la protección de su entorno y en la fortaleza de sus instituciones públicas.
Cada vez más intentan que bajemos la vara de nuestras expectativas como individuos, como comunidad, como sociedad y que nos conformemos con menos. Menos recursos naturales, menos playas, menos salud, menos educación, menos confiabilidad energética, menos acceso a agua. No podemos continuar permitiendo que la corrupción disfrazada de desarrollo y la incompetencia vendida como inevitabilidad pretenda representarnos. El país merece y exige que el gobierno respete lo que somos, lo que es compartido y lo que valoramos.
La esencia de la corrupción es la impunidad. Y la única forma de combatirla es con participación, vigilancia y la voluntad colectiva de decir basta.